Diego Sehinkman entrevistó a Eduardo Costantini que expuso con claridad que nuestro problema es político; y que sin un consenso amplio será imposible resolver el estancamiento, la pobreza y la inflación. 

Dijo, más o menos, “esos son síntomas de una enfermedad mayor que es esencialmente política”. 

Costantini sugirió que esta enfermedad no es el producto de una invasión; ni la consecuencia de una catástrofe natural; que no desaparecieron la Pampa Húmeda ni los productores agropecuarios más eficientes del mundo; ni que se hayan diluido la riqueza energética y mineral. No es un problema de escasez. 

No dijo. Pero sí lo dicen las cifras. Lo que sí hubo fue una destrucción deliberada del desarrollo industrial pujante y poderosa de las décadas pasadas. 

Constantini habló de 50 años. Y son esos aproximadamente los años que van de hoy al gran comienzo del único industricidio del continente. 

Hace unos días Carlos Pagni sostuvo: “Acá hay un agotamiento y es el agotamiento de un modelo. Probablemente (…) es el agotamiento de un modelo productivo que colapso en algún momento de la década del 70 (…) No nos volvimos a encontrar con un modelo viable. Desde mediados de los ’70 hasta ahora, la Argentina no volvió a encontrar un esquema productivo que le de bienestar a su sociedad” (La Nación).

Ese modelo productivo industrial no “se agotó”. Lo abortaron. Pero el mismo continuó enérgicamente en Brasil. 

Horacio Santamaria (Cepal, 1978) analizó el desarrollo de la manufactura de Argentina y Brasil. Desde 1958, con Juscelino Kubistchek, cuando el PIB industrial de Argentina aún era mayor que el de Brasil, nuestros socios llevaron a cabo un plan de metas que nunca se interrumpió.

Había un consenso que, sin desarrollo industrial, Brasil no saldría jamás de la pobreza lacerante de aquellos años. 

Nosotros con una industria mayor en cantidad, calidad y complejidad, también crecíamos. 

Pero, como sitúa Pagni, en 1975, por primera vez en 12 años, el PIB industrial cae y comienza el camino de la “fuga” industrial que -paradójicamente- el Mercosur aceleró. Una fuga de industria hacia Brasil. 

En ese año se produce una bifurcación definitiva entre el proceso industrial brasileño y el argentino. 

Brasil empina el crecimiento de la industria y Argentina quiebra la tendencia ascendente y marcha barranca abajo. 

Para muchos “la industrialización” era un “modelo agotado”: raro, solamente para Argentina. 

Nuestra declinación vigorizaba la industria en Brasil con políticas que la promovían y cada 10 años se sumaban nuevos “milagros de políticas industriales” en el sudeste asiático y en China o Vietnam. 

Para muchos ideólogos somos el extraño caso de un país que no puede ni debe tener las políticas de desarrollo industrial que tienen los países que crecen. Guido Di Tella dijo “la mejor política industrial es no tener ninguna”. 

Eso es lo que hizo Argentina desde 1975 a la fecha sin excepciones, si por “política industrial” entendemos una política sectorial dentro de una concepción integral del desarrollo. 

Somos el extraño caso de un país sin financiamiento a largo plazo (banco de desarrollo), sin leyes de promoción de la inversión y de la inversión industrial en particular y sin un plan consensuado de la economía y la sociedad en el largo plazo. 

Todos los países a los que les va realmente mejor usan esas herramientas.

Pues bien, el “industricidio” terminó con nuestras herramientas de desarrollo y conformó una nueva cultura (las sillas nacionales se rompían y las importadas aguantaban)

Con el aliento del “déme dos” -crédito y dólar barato- deuda externa para el país, y todo promovido desde el Estado que serruchaba los incentivos para invertir y alentaba la modernización importadora. Nada de copiar como Japón, Corea o China.  

Una cultura herodiana hoy se refleja en el balance comercial industrial negativo  particularmente con China y Brasil.

En todo el mundo, desarrollado y en vías de desarrollo, las políticas de promoción de la inversión y desarrollo industrial siguieron a pesar de la “globalización”. 

¿Entonces, en qué ha derivado este “industricidio en un solo país”? 

En el Estado obeso, inútil, empleador de última instancia y administrador de pagos de transferencia, en que hemos convertido a “la política”. 

Abortar el desarrollo industrial nos hizo “avanzar” hacia la abolición del régimen salarial del sistema capitalista. El socialismo real es capitalismo de Estado: allí el salario es retribución del trabajo. 

Sustituimos las políticas de empleo y desarrollo, por las del pago de transferencias. Un gesto humanitario. Inviable a corto plazo. 

No hay Estado que pueda sostenerse sin tributos y no hay manera de generarlos si no es a partir de la producción que es trabajo y capital. Por tierno que sea tu corazón no hay pobreza autosustentable.

El “industricidio” fue el padre de la ausencia de consenso: del disenso. 

¿Qué cosa es hacer política? Es tener ideas claras para, desde el Estado, construir una Nación, ese proyecto sugerente de vida en común. Suena romántico pero no hay nada más claro y preciso. 

Ideas claras, Estado, Vida en común. Como “es común” la base es el consenso, sin él no hay política. 

Ideas claras desde el diagnóstico, tratamiento y, clave, las consecuencias. Si no tenemos en cuenta las consecuencias no estamos teniendo claras las ideas. El periodismo habitualmente no pregunta por las consecuencias. 

La incapacidad para construir consenso es el problema político que pone en evidencia la incapacidad del sistema político, sus protagonistas y la ínfima calidad de las instituciones (¿partidos, coaliciones?) que lo sostienen. 

¿De qué hablamos cuando decimos “ausencia de consenso”? 

La generación del ’80 del Siglo XIX fue el fruto de un consenso en la definición (por parte de los hombres de la política, la cultura, la economía) del rumbo económico y social. Y vaya que tuvo sus frutos. 

La mayor parte de los que abominan de la generación del ’80 son hijos, nietos o bisnietos de los inmigrantes recibidos con una generosidad de la que no hay demasiados rastros en la historia. 

No es muy habitual escuchar la existencia de un consenso posterior. 

Pero hay uno y magno, que comenzó en 1930 a partir del cambio de las condiciones internacionales y la adaptación de la estructura. 

Ese consenso en el ámbito económico y social, fue lo suficientemente poderoso como para subsistir durante 45 años y  a pesar de los enormes desencuentros partidarios que incluyen una cadena de golpes militares desde el mismo principio del período y hasta su final. 

Yrigoyenismo y peronismo fueron las expresiones, disruptivas, de la incorporación al diseño de las políticas de aquellos que,  hasta esos nuevos liderazgos, habían estado marginados de las decisiones. 

Pero de ninguna manera excluidos de los beneficios del progreso económico y social. En esos 45 años se construye el país de, dominante, aspirante y posible, clase media que  fuimos hasta el cierre abrupto del consenso del Estado de Bienestar de base industrial 1930/75. 

Desde 1975 el número de personas bajo la pobreza crece al 7% anual erosionando las bases de la clase media. 

Hasta 1974, el gasto público no superaba 20% del PIB: el consenso era que la política debía procurar el pleno empleo productivo en blanco, atraer inversiones, sobre todo al interior, y con capacidad exportadora.

El “industricidio” nos inoculó el disenso. La angustia por el estancamiento  y la incapacidad de pensar a largo plazo, propio del amateurismo político, llevó a la continua expansión del Estado inútil cuyo empleo crece, mientras crecen salud, educación y seguridad privadas; y mientras la oferta de bienes públicos se reduce dramáticamente, como lo manifiesta el auge del narcotráfico y la corrupción. 

Como no hay inversiones, ni empleo productivo, inevitablemente la tributación es el fin de Zorba el Griego, que venga de donde sea: impuesto al cheque de Domingo Cavallo, por ejemplo.

No puede no haber consenso en la necesidad de equilibrio en las cuentas públicas. 

Pero el equilibrio no es alcanzable sin el consenso por la explosión del empleo productivo que debe ser la consecuencia de la inversión privada  de creciente productividad. 

El empleo de baja productividad no alcanza. Lo que equilibra las cuentas es la productividad creciente. Y eso necesita de horizonte de largo plazo. 

Esas inversiones se compran. Gobernar es crear trabajo productivo, entonces, es crear y comprar inversiones. 

Expandir el equipo de capital productivo es diseñar políticas para bajar el “costo del capital”. No hay otra. 

Hay otras prioridades que se engloban en el concepto “oferta de bienes públicos” y que tienen que ver con el bien común: guerra a la pobreza, empezando por los niños.

¿Cómo lograr ese consenso? Costantini tuvo la feliz audacia de poner en claro que tanto Mauricio Macri como Cristina Kirchner, los líderes del enfrentamiento, deberían dar un paso al costado. Con ellos en primera plana -esto va por mi cuenta- no hay posibilidad de “política”. 

Porque hacer política es conversar. Es decir “dar vueltas en compañía” alrededor de un problema, de una idea, de prioridades. 

Ni Mauricio ni Cristina están dotados de esa virtud. Vaya a saber que biografía los condiciona. 

Que Cristina no conversa lo dice su gigantesca intolerancia a la palabra ajena, proporcional a su soberbia e ignorancia.

Respecto de Mauricio no debemos olvidar que en Río Negro (21/1/2020) dijo que “no sirvieron los planteos que hacía puertas adentro (…) para alertar sobre el endeudamiento excesivo (…) Yo siempre les decía a todos ‘cuidado que yo conozco los mercados, que un día no te dan más plata y nos vamos a ir a la mierda’”. 

No conversaba con sus funcionarios que siguieron con la deuda. Está claro que no lo “conversó”: “lo que hicieron los suyos” estaba mal. Tóxico. 

Realmente Cristina y Mauricio son tóxicos.

Y Fernández, lo dijo Constantini, renunciando a la reelección tiene la gran oportunidad de convocar a todos. 

No hay programa para 2023 si no salimos ya de este pantano que nos traga. Gran propuesta.

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